viernes, 12 de agosto de 2016

Fulvia y el prometedor Curio

PRIMERA PARTE: Fulvia, ¿a la sombra de Clodio?

La turba enfurecida que se hizo con el cuerpo de Clodio para incendiarlo en el mismo foro y prender a continuación fuego a la Curia no fue sino el preludio de lo que vendría después. Roma se sumió en el caos más absoluto y la violencia se apoderó de las calles. El Senado se vio obligado finalmente a decretar el estado de excepción mediante un senatusconsultum ultimum por el que Pompeyo, en su calidad de procónsul, fue nombrado cónsul único -lo que es una muestra clara de la anormalidad de la situación-, recibiendo como tal poderes para reclutar tropas en Italia con el único fin de restablecer el orden, lo que lograría en apenas en mes -ver nuestro artículo anterior El primer triunvirato-. Pompeyo, además, promovería una amplia legislación en la que atendió, sobre todo, a frenar la causa de los desórdenes recientes, es decir, los métodos anticonstitucionales de lucha electoral en los que Clodio había destacado tanto, mediante la promulgación de leyes contra la corrupción y la violencia. Tomó también medidas para atajar los motivos de la corrupción electoral: la carrera por las magistraturas y el enriquecimiento que su ejercicio posibilitaba. Entre otras cláusulas, establecía que el gobierno de una provincia sólo podía ser ejercido por ex cónsules y ex pretores durante los cinco siguientes años a la finalización del cargo. Esta cuestión perjudicaba claramente a César, pues en pocas semanas -en concreto, el 1 de marzo del año 50 -finalizaba su mando en las Galias y, gracias a la nueva legislación de Pompeyo, corría el peligro de ser destituido e, incluso, juzgado. Entre una más que posible condena y el exilio, César escogió la rebelión, desatando una nueva guerra civil -ver nuestro artículo anterior La Guerra Civil: César o Pompeyo-

Mientras, Fulvia no había permanecido inactiva. Viuda, rica, bastante influyente, querida por la plebe, idolatrada por la factio popular del Senado y dueña absoluta de las bandas callejeras de Clodio, era obvio que no tardaría mucho en situarse nuevamente en la escena política mediante un nuevo matrimonio con algún otro político emergente, y así fue. Al año siguiente al asesinato de su primer marido, Fulvia estaba nuevamente casada, esta vez con Cayo Escribonio Curio. Buen amigo de Clodio y de Marco Antonio, Curio sin embargo se había alistado desde el principio de su cursus honorum en las filas de la factio optimate conservadora del Senado, hasta el punto de intercambiar correspondencia con Cicerón -quién veía en él un claro defensor de las ideas más tradicionales de la política y la moral romana y le consideraba una de las grandes esperanzas de la factio-, y destacar por sus ataques encarnizados contra César, uno de los líderes de la factio popular. Con semejantes ideales y relaciones, cuesta entender porque Fulvia se interesaría por alguien como Curio, y porque Curio se interesaría en alguien como Fulvia. Sin duda, la influencia, riqueza y conexiones de ella debieron de pesar en la elección de él, y la prometedora carrera de él en la decisión de ella: destacado enemigo del triunvirato, pretor en 54 a.C., procuestor de Asia en 53 a.C., y pontífice el mismo año de su boda con Fulvia -51 a.C.-, Curio parecía destinado al éxito.... y Fulvia no tardaría mucho en ayudarle a lograrlo.

Al estallar la guerra civil, todo parecía indicar que Curio, quién se había mostrado siempre como "un furibundo anticesariano" (Aulo Hircio, libro VIII, cap.52.4) y había sido el único en plantar cara a César durante su consulado, permanecería por entero fiel a la factio optimate, por lo que Pompeyo le nombró tribuno. No obstante, apenas hubo César demostrado sus posibles intenciones, Curio cambió de bando. El cambio está documentado en las cartas entre Cicerón, entonces en Laodicea, y su protegido Marco Celio Rufo, quién será el que le dé la noticia en mayo (Cicerón, A los amigos, 8.6). Tradicionalmente se ha considerado que la decisión de Curio estaba motivada porque César, quién había obtenido considerables riquezas durante la Guerra de las Galias, había pagado las muchas deudas de un derrochador Curio (Casio Dio, XL, 30), pero ¿por qué Curio recurriría a la caridad de César cuando contaba con las enormes riquezas de su nueva esposa? Sin duda, fue Fulvia quién convenció a su nuevo marido de las ventajas de abandonar la factio optimate, liderada por Pompeyo, por la factio popular, encabezada por César, a la que ella siempre se había mostrado tan adepta. Curio además, como otros jóvenes aristócratas del momento, debió considerar a César no solo como la apuesta más segura, sino también como un medio para lograr un rápido ascenso.

Curio tuvo la suficiente habilidad para que el cambio no fuese totalmente descarado, de manera que se esforzó por dar una imagen de neutralidad en el conflicto, dejando paulatinamente de lado sus ataques contra César. Finalmente, para marcar la ruptura entre él y el partido pompeyano, propuso algunas leyes que sabía que no podrían ser llevadas a cabo. Al rechazar sus planes, le dieron la excusa que necesitaba para abandonar a sus antiguos aliados, por lo que no dudó en vetar, en calidad de tribuno, la posible destitución de César, propuesta en marzo del 50 a.C. Con todo, Curio sería uno de los últimos políticos en pedir a César y Pompeyo una reconciliación, así como que ambos, y no sólo César, destituyeran de sus mandos al frente de sus respectivas legiones. Semejante propuesta le hizo temer por su seguridad, por lo que marchó a Rávena, donde se reuniría con César, acampado con la Legio XIII, y le instaría a avanzar inmediatamente hacia Roma. César se negó, confiado aún en un fin pacífico al conflicto; no obstante, éste no podía tardar mucho en estallar. La carta que llevó Curio al Senado de parte de César, poco después del acceso de Marco Antonio al tribunado de la plebe, en que afirmaba que si Pompeyo conservaba su mando él no abandonaría el suyo, sino que iría rápido y vengaría los errores, fue considerada una declaración de guerra. Metelo Escipión, suegro de Pompeyo, no tardaría en proponer la declaración de enemigo público para César. Sólo Curio y Marco Celio Rufo se opusieron a ello, y Antonio, como tribuno, vetó la moción. La consecuencia inmediata fue la disolución del Senado ante la oposición de los cónsules al veto. Poco después, César fue depuesto y Pompeyo declarado protector de Roma. Los tribunos Casio y Marco Antonio, junto con Curio, huyeron de inmediato junto a César, otorgándole a éste la excusa perfecta para convencer a sus legiones de un golpe de Estado y de la necesidad de que él, César, reinstaurara la República con su ayuda.

A partir de ese momento, Curio pasó a actuar directamente a las órdenes de César, encargándose en un primer momento de reunir las tropas estacionadas en Umbría y Etruria. Con las tres cohortes acantonadas en Rimini y Pisauro bajo su mando, Curio recuperó Iguvio para César, lo que le valió su nombramiento como propretor de Sicilia y África. Marcharía de inmediato a Sicilia para sustituir en el mando al pompeyano Catón, cuyas fuerzas aplastaría rápidamente, obligándole a pasar a África. César envió entonces a Curio a África con el fin de detener al rey Juba I de Numidia, partidario de Pompeyo, y al general pompeyano Publio Atio Varo; para ello, le otorgó el mando de dos legiones, doce barcos de guerra y varios barcos de carga. Llegado a Útica, puso en fuga a un cuerpo de la caballería númida y alcanzó el éxito contra Atio Varo en la batalla de Útica, lo que le valió que sus tropas le saludaran como Imperator. Fulvia, sin duda, al conocer la noticia, debió creer sus ambiciones colmadas. Sin embargo, su alegría no duró mucho: la deserción minó poco a poco las fuerzas de Curio y su marido cayó en una trampa tendida para él por el rey Juba en las cercanías del río Bagradas. Derrotado, no tuvo más remedio que retirarse a una zona alta, acosado por la fatiga, el calor y la sed. El enemigo cruzó el río y Curio guió su ejército abajo, hacia la llanura. La caballería númida no tardó en rodearle. Gneo Domicio, prefecto de su caballería, instó a Curio a salvarse mediante una huida rápida al campamento, pero Curio se negó, alegando que no podría mirar a César a la cara si perdía el ejército que éste le confiara. Así, luchó junto a su ejército hasta la muerte (Cesar, Guerra Civil, libro II, cap. XLII). Su cabeza fue cortada y llevada al rey Juba (Apiano, Guerras Civiles, Libro II, cap.46)

Fulvia quedaba viuda de nuevo en 49 d.C. después de apenas dos años de matrimonio y un hijo en común de mismo nombre que su padre, Cayo Escribonio Curio -a quién Augusto ordenará ejecutar tras la victoria en Actium-. Más rica aún que antes de su segunda boda, Fulvia no tardaría en cotizarse de nuevo entre los cesarianos y populares, y esta vez, elegiría con mucho cuidado. Con su tercer marido, la carrera política de Fulvia alcanzaría por fin su punto álgido.


Fotografías: Retratos de Gneo Pompeyo Magno, Cayo Julio César y Juba I de Numidia

martes, 2 de agosto de 2016

Fulvia ¿a la sombra de Clodio?

Denostada por los historiadores de su época y olvidada por la posteridad, la imagen de Fulvia, tercera esposa de Marco Antonio, de quién Veleyo Patérculo (I, 74, 2) llegó a afirmar que "no tenía de mujer más que su sexo", fue construida en la literatura augústea por oposición a Octavia, cuarta esposa de Marco Antonio y hermana del propio Augusto, presentada en la propaganda y en la política moral del Principado, junto a su cuñada Livia, como la encarnación viviente de los mejores y más puros ideales de matrona romana  -ver nuestro artículo El arquetipo de esposa romana según la literatura latina-. Los diversos autores al servicio del régimen imperial elaboraron en sus escritos la contraposición Octavia/Fulvia, dos imágenes de la mujer romana incompatibles y mutuamente excluyentes, reflejo de dos realidades distintas y contemporáneas definidas mediante su completa y absoluta oposición a la contraria, sin que existiera una mínima posibilidad de un término medio entre ambas, un punto de unión o un nexo en común. De acuerdo con este deliberado sistema de opuestos, para que las virtudes de Octavia resultaran aún más extraordinarias y la distinguieran de la totalidad de las matronas, sirviendo de esta forma de ejemplo edificante para las mismas, la imagen de Fulvia hubo de adaptarse a todos y cada uno de los estereotipos negativos existentes sobre la mujer. Se convirtió, tras su muerte, en la manifestación tangible de la llamada impotentia muliebris: una mujer incapaz de controlarse, carente de todo sentido de la medida, desprovista de toda virtud, privada de la razón y dominada por entero por las pasiones; una mujer, en definitiva, débil moralmente e inclinada siempre hacia el mal, cuya naturaleza "incivilizada", similar a la de bárbaros y bacantes, no pudo ser sometida ante la ausencia de un padre o de un marido con auténtica autoridad -ver nuestro artículo Vicios y defectos de la mujer romana en la literatura latina: la "impotentia muliebris"-.

Sin embargo, ¿QUIÉN FUE REALMENTE FULVIA?

Nacida como Fulvia Flacca Bambalia a finales de la década de los 80 o inicios de la década de los 70 del siglo I a.C., era la única descendiente de Marco Fulvio Flacco Bambalio y Sempronia Graca. Aunque procedente de familia plebeya, contaba con varios cónsules entre sus antepasados. Su propio abuelo, Marco Fulvio Flaco, había ocupado la máxima magistratura en 125 a.C., siendo conocido por su apoyo incondicional a Tiberio y Cayo Sempronio Graco -ver nuestro artículo Las reformas de los hermanos Graco-. Su padre, no obstante, nunca destacó en el Senado debido a su tartamudez o como mínimo cierta vacilación al hablar, un defecto que provocaría que Cicerón le apodara "Bambalio", del griego bambulein ("tartamudez"); ello generó en la pequeña Fulvia cierto odio hacia el orador que no haría más que incrementarse con el paso de los años y los hechos posteriores. Por parte de su madre, Sempronia, era nieta de Cayo Graco, sobrino-nieta de Tiberio Graco, descendiente de la gens Licinia y la gens Claudia, del gran Publio Cornelio Escipión Africano y del general Lucio Emilio Paulo Macedónico. Gozaba Fulvia, por lo tanto, de una célebre, reputada e idolatrada ascendencia, de estupendas conexiones familiares con los más prominentes y antiguos linajes de la aristocracia romana, además del cariño incondicional de la plebe y el favor perpetuo de la factio popular del Senado -ver nuestro artículo Cayo Mario y los populares-, en su calidad de última descendiente viva de los hermanos Graco, los cuales habían alcanzado ya, para estos grupos, la categoría de héroes y mártires por la causa. A esta influencia y prestigio evidentes se añadiría, en el año 63 a.C. con la muerte de su madre, la enorme fortuna de los Graco. Todo ello convirtió a Fulvia en un partido muy solicitado y no pasó mucho tiempo antes de contraer su primer matrimonio, con Publio Clodio Pulcro

Perteneciente a la rica familia patricia de los Claudii Pulchrii, su marido había adoptado la pronunciación en latín vulgar de su nomen, Clodius, en un intento de ganarse a las clases bajas y de acercarse a la factio popular del Senado. Su carrera política, sin embargo, había comenzado de forma bastante mediocre. Había luchado a las órdenes de su cuñado Lucio Licinio Lúculo en la Tercera Guerra Mitridática contra Mitrídates VI del Ponto hasta que, considerándose tratado con poco respeto, instigó una revuelta entre los soldados. Otro cuñado, Quinto Marcio Rex, gobernador de Cilicia, le otorgaría el mando de su flota, hasta que acabó siendo capturado por los piratas. Tras su liberación marchó a Siria, donde estuvo a punto de perder la vida en un motín del que posiblemente fuera instigador. A su regreso a Roma en 65 a.C., procesó a Catilina por extorsión, pero sobornado por éste, le obtuvo la absolución -ver nuestro artículo La conjuración de Catilina-. En diciembre del año 62 a.C., menos de un año después de su boda con Fulvia, Clodio estaría también implicado en el gran escándalo de los Misterios de Bona Dea, en los que vestido como mujer -puesto que estaba prohibida la presencia de los hombres- entró en la Regia, hogar de Julio César en su calidad de pontifex maximus y lugar de la celebración de los misterios, con la intención, al parecer, de encontrarse en secreto con Pompeya Sila, esposa de César. Fue descubierto por una esclava y llevado rápidamente a juicio, pero evitaría la condena sobornando al jurado (Cicerón, Cartas a Ático, 1, 16). Las violentas declaraciones públicas que hiciera Cicerón contra él durante su juicio originaron en Clodio el enconado odio que sentiría el resto de su vida hacia el orador, y no hicieron más que reafirmar y acrecentar el rencor que Fulvia ya sintiera hacia él desde la infancia.

No obstante, a partir del año 61 a.C., todo comenzó a cambiar y la carrera hasta entonces mediocre de Clodio de repente inició un ascenso imparable. A su regreso de Sicilia, donde había sido designado cuestor, Clodio renunció a su rango patricial. Tras lograr el consentimiento del Senado fue adoptado por un tal Publio Fonteyo, miembro de una rama plebeya de su propia familia en 59 a.C. De esta forma, pudo optar y conseguir el cargo de tribuno de la plebe, al que no hubiera podido acceder siendo patricio. Con el apoyo de César, Pompeyo y Craso, que sin duda le consideraban un simple instrumento de sus intereses -ver nuestro artículo El primer triunvirato-, su primera acción como tribuno fue llevar a cabo una serie de leyes para ganarse el apoyo popular: distribuyó grano de forma gratuita durante un mes, aprobó medidas para aumentar el poder de las asambleas populares, prohibió a los censores excluir a cualquier ciudadano para el Senado, y a los senadores infligir cualquier castigo a un sospechoso hasta que hubiera sido acusado públicamente y condenado -lo que llevó a Cicerón al exilio-, y, sobre todo, restableció los collegia, en los que basaría su poder.  Se trataba de bandas armadas, dirigidas por un cabecilla, que, bajo la máscara de asociaciones de carácter religioso, profesional o político, ofrecían sus servicios para controlar las reuniones políticas o provocar disturbios en las asambleas, o en la calle, con el único objetivo de controlar la política mediante la coerción, la violencia y el miedo; ello refleja claramente el deterioro de la política interior romana y la creciente importancia de las masas. Los collegia habían sido prohibidos en el año 64, pero Clodio no sólo aprobó la ley que condujo a su restablecimiento, sino que además se convirtió en el organizador de los mismos, a los que distribuyó armas y dotó de un sistema paramilitar. Así pues, mientras los miembros del triunvirato consideraban a Clodio un medio para lograr sus fines desde el tribunado de la plebe, Clodio utilizaba su magistratura para crearse un poder personal e independiente de los triunviros, mediante la manipulación de la plebe.

La marcha de César a las Galias, convirtió a Clodio en el dueño absoluto de Roma. No contento con su nueva situación y buscando quizás minar los cimientos del primer triunvirato, como paso previo para aumentar aún más su propio poder, Clodio enfrentó a Craso y Pompeyo en ausencia de César y atacó la imagen pública de este último. Para defenderse de Clodio y intentar restablecer su autoridad y popularidad, bastante minadas por su asociación con César y Craso, Pompeyo recurrió de nuevo a otro tribuno de la plebe, Tito Anio Milón, que se enfrentará a él formando sus propias bandas callejeras, no con la plebe urbana, como Clodio, si no reclutando a los veteranos de Pompeyo y contratando a escuelas de gladiadores enteras. Así mismo, hizo regresar del exilio a Cicerón, el cual, agradecido, actuó como mediador a partir de entonces entre Pompeyo y el Senado. La nueva situación no favorecía a Clodio, quién reaccionó con un inesperado giro político a fin de conservar su poder. Confiando en la lealtad de las clases bajas y la factio popular, decidió ofrecer a la factio optimate del Senado, dividida en su fidelidad a Pompeyo, Catón y otros, un nuevo líder: él mismo. Para ello, se declaró dispuesto a invalidar la legislación de César, y arrastró con él a Craso, cansado de su papel en la sombra

Es imposible no preguntarse por el papel de Fulvia en la fulgurante carrera de su marido, la cual se inició, sin duda no casualmente, tras su matrimonio. Es obvio que a Clodio le fueron más que útiles las conexiones familiares de su esposa y el favor del que gozaba ésta entre las clases bajas y la factio popular como única descendiente de los Graco, así como su inmensa fortuna. Sin embargo, la actuación de Fulvia no debió limitarse a una aportación tan pasiva, puesto que, como afirmó Plutarco (Antonio, X, 3), "era una mujer que no había nacido para hilar ni hacer las tareas domésticas". Valerio Máximo declaró al respecto: "Clodio Pulcro tenía el favor de la plebe, pero este hombre duro llegó a estar obsesionado con Fulvia, y su gloria pasó a estar bajo el mando de una mujer". Así pues, dejando de lado el ataque contra Clodio -la acusación de estar sometido a la esposa como una clara muestra de debilidad y causa de mofa se repetirá nuevamente con Marco Antonio-, es claro que lo que, en inicio, fue un matrimonio concertado se había convertido en algo más: una asociación política y económica muy productiva para ambas partes y, aún así, impregnada de auténtico afecto sino amor, en la que Fulvia jugó un papel bastante activo como aliada, tesorera y consejera de Clodio -hasta el punto de que Valerio Máximo la considera el verdadero poder en la sombra-.

Sin embargo, la violencia creada por Clodio acabó por pasar factura. En el año 53 a.C., mientras Milón era candidato al consulado y Clodio aspiraba a la pretura, ambos rivales reunieron sus collegia enfrentándose en las calles de Roma, retrasando así las elecciones. Finalmente, el 18 de enero de 52 a.C., Clodio fue asesinado en un enfrentamiento con los hombres de Milón en la Vía Apia. Con la muerte de su marido, Fulvia se muestra, por primera vez, de forma pública, como el animal político que en verdad es en lo que fue, sin duda, una brillante puesta en escena, equiparable tan sólo a la que años más tarde llevará a cabo Marco Antonio con ocasión del funeral de César. Inconsolable y llorosa, emitiendo grandes alaridos y lamentos mientras se aferraba a las manos de sus hijos pequeños, ahora huérfanos, Fulvia paseó el cuerpo acuchillado de su marido por las calles de Roma sublevando a la plebe, la cual, conmovida por la imagen y furiosa por la muerte del que fuera su lider, formó una turba incontrolable e imparable que tomó el cuerpo de Clodio y lo incineró frente al Senado, quemando también la Curia Hostilia en represalias. Milón tampoco tardó mucho en caer; llevado a juicio por dos de los hermanos de Clodio, Apio Claudio Pulcro el Mayor y Apio Claudio Pulcro el Menor, fue torpemente defendido por Cicerón y acabó por perder sus bienes y partir al exilio. Aquellas serían las primeras demostraciones de fuerza de Fulvia, quién, en calidad de viuda de Clodio y madre de sus hijos, heredó su liderazgo de los collegia y aumentó su influencia y poder sobre la plebe urbana.

LA ESTRELLA DE CLODIO SE HABÍA APAGADO, LA DE FULVIA COMENZABA A ALZARSE



**************
Imágenes:

1-Moneda acuñada con Fulvia como la diosa Victoria.
2-"Los Graco", de Eugene Guillame
3-Ruinas de la Regia, en el Foro Romano, donde Clodio fue sorprendido durante los Misterios de la Bona Dea
4-Retrato de Marco Tulio Cicerón
5-Retrato de Gneo Pompeyo Magno
6-Representación de sepelio romano en un sarcófago del s.III

****************

Bibliografía a consultar:

BABCOCK, C.L: “The early career of Fulvia”, American Journal of Philology, 86, 1965, 1-32 DELIA, D: “Fulvia reconsidered”, en Pomeroy, S. (ed.): Women´s History and Ancient Historiay, North Carolina, 197-217
FISCHER, R.A: Fulvia und Octavia. Die beiden Ehefrauen des Marcus Antonius in der politischen Kämpfen des Umbruchzeit zwischen Republick un Prinzipat, Berlin, 1999
GARCÍA VIVAS, G.A: “Apiano, BC, 4, 32: Octavia como exemplum del papel de la mujer en la propaganda política del Segundo Triunvirato (44-30 a.C.)”, Fortunatae, nº 15, 2004, 103-112; IDEM: Octavia contra Cleopatra: el papel de la mujer en la propaganda del Triunvirato (44-30 a.C.),Madrid, 2013
VIRLOUVET, C: “Fulvia la pasionaria”, en Fraschetti, A (ed.): Roma al femminile, Roma-Bari, 1994

domingo, 10 de julio de 2016

Llegó ya nuestro Cuarto Aniversario

Hace ya cuatro años que comencé a escribir Los Fuegos de Vesta con el simple objetivo de llenar mis muchas, aburridas y larguísimas tardes muertas de joven desempleada, de reencontrarme conmigo misma y aquella pasión desbordante que me había impulsado a estudiar Historia, después de recibir más portazos y decepciones que alegrías tras abandonar la facultad, pero ahora, 325 publicaciones más tarde -¡¿cuándo me ha dado tiempo a escribir tanto?!-, puedo decir, con inmenso orgullo, que se ha convertido en mucho, mucho más: aquel batiburrillo bastante caótico de noticias y relatos cortos -bajo el nombre, ahora, de Relatos de la Antigua Roma- dio paso a historias más extensas -la desdichada Aquilia Severa, mi querido Euno, el Rey Esclavo, la valiente Drauca, la olvidada  Claudia Livila...- por las que poco a poco han ido desfilando Emperatrices a Esclavos, y comenzó a incorporar además artículos de divulgación -no os perdáis por ejemplo la serie de Mujer y Literatura o sobre el fin de la República Romana- y diversas biografías

Gracias al blog, pero también al grupo de facebook y twitter, he conocido a personas fantásticas, leído cosas maravillosas y descubiertos lugares inolvidables, que han hecho que mereciera la pena todos y cada uno de los minutos delante del ordenador. Así pues, como los tres años anteriores, esta no es una celebración exclusiva mía, sino que la quiero compartir con todos vosotros, aquellos que la han hecho posibles, los responsables de esas 152.000 visitas que ya registran Los Fuegos de Vesta -es decir, que sólo en este año se han duplicado el número de visitas de los tres años anteriores juntos!!!-, esos 3481 seguidores en facebook -se me salen un poco los ojos de las órbitas cuando veo esas cifras-, 195 en google, 64 en blogger, 1034 en twitter, y, por supuesto, tantos y tantos anónimos que han dedicado aunque fuera un sólo minuto de su tiempo a cada noticia, relato o artículo.

De todos vosotros es sin duda el increíble logro de haber alcanzado, no sin dificultad y algún conato de rendición -primero el máster, ahora el doctorado... creo que debería dejar de dormir...-, estos cuatro años mucho más que mío, y no hay mejor forma de agradecéroslo que llegar a un quinto año... y seguir creciendo. Si, creo firmemente que ha llegado la hora de expandir aún más el mundo de Los Fuegos de Vesta y mientras me preparo para daros lo que espero sea una grata sorpresa -aunque temo no poder concretar una fecha-, sólo me queda añadir:

¡¡LARGA VIDA A LA DIOSA VESTA!!


martes, 14 de junio de 2016

Sobre reseñas y críticas: "No sólo hilaron lana: Escritoras romanas en prosa y verso"

Quienes llevan un tiempo siguiendo este blog sabrán, o al menos sospecharán, el interés que siento -quizás "pasión" sería una palabra más exacta- por el estudio de la mujer en el mundo romano. Mi Trabajo Fin de Máster, de hecho, versó sobre un tema en concreto de este gran y magnífico ámbito de estudio: "Vxor Merens: La consideración de la mujer en la epigrafía funeraria de Hispania Citerior" -podéis descargaros un artículo resumen pinchando aquí-. En este tiempo, como podéis imaginar, he leído muchos libros sobre la mujer romana, y el que hoy os traigo aquí, obra de Aurora López, es uno de los primeros que cayó en mis manos -cuando aún estaba en tercero de licenciatura- y quizás por esto, además de por su contenido, también uno de mis favoritos.

Aurora López realizó la Licenciatura de Filosofía y Letras en la Universidad de Salamanca, graduándose en abril de 1975 en Filología Clásica con la memoria de Licenciatura El vocabulario de las relaciones amorosas en Plauto. Se doctoró en esta Universidad en febrero de 1979 con la tesis Fabularum Togatarum Fragmenta. En la Universidad de Granada desempeñó los puestos de Profesora Ayudante de Filología Latina durante los cursos 1976-79, de Adjunta Interina en 1979-1984, y de Profesora Titular numeraria de Filología Latina en 1984-2003. Desde el 25 de junio de 2003 es Catedrática por oposición. Sus líneas de investigación preferentes son la literatura latina, centrada muy especialmente en la comedia y la tragedia, la edición de varios textos clásicos, la pervivencia y tradición clásica, y la investigación sobre la literatura de la mujer y sobre la propia mujer. A lo largo de su dilatada carrera, ha publicado un gran número de artículos y libros sobre dichos temas, entre los que destaco los que más me han gustado y sido de utilidad:

            *A. LÓPEZ – C. MARTÍNEZ – A. POCIÑA (eds.), La mujer en el mundo mediterráneo antiguo, Granada, Universidad, 1990.
            *A. LÓPEZ, “Hortensia, primera oradora romana”, Florentia Iliberritana 3 (1992) 317-332.
            *A. LÓPEZ, “Prototipo y estereotipo: la mujer en Horacio”, en D. Estefanía (ed.), Horacio, el poeta y el hombre, Madrid, Ediciones Clásicas, 1994, pp. 33-59.
            *A. LÓPEZ, “Escritoras romanas y escritoras actuales: puntos de convergencia”, en J. M. García González – A. Pociña Pérez (eds.), Pervivencia y actualidad de la cultura clásica, Granada, Universidad y SEEC, 1996, pp. 211-233.
            *A. LÓPEZ, “Reflejos de la sociedad romana en las comedias. El caso de Plauto”, en A. Pociña – B. Rabaza (eds.), Estudios sobre Plauto, Madrid, Ediciones Clásicas, 1998, pp. 3-46.
            *A. LÓPEZ, “Mujeres en busca de la palabra, desde Roma a nuestro mundo”, Florentia Iliberritana 10 (1999) 163-186.
            *A. LÓPEZ - A. POCIÑA (eds.), Medeas. Versiones de un mito desde Grecia hasta hoy, Granada, Universidad, 2002. 2 vols.
            *A. LÓPEZ, “Las prostitutas en Roma”, en J. M. García González - A. Pociña Pérez (eds.), En Grecia y Roma: las gentes y sus cosas, Granada, Universidad y SEEC, 2003, pp. 143-163.
            *A. LÓPEZ – A. POCIÑA, Comedia romana, Madrid, Akal, 2007.
            *A. POCIÑA – A. LÓPEZ, Otras Medeas: Nuevas aportaciones al estudio literario de Medea, Granada, Universidad de Granada, 2007.

El libro que nos ocupa, No sólo hilaron lana. Escritoras romanas en prosa y en verso (Ediciones Clásicas, 1994) es tanto reflejo de los avances en los estudios de la mujer que se produjeron a lo largo de la década de los ochenta -destacando Eva Cantarella y Sarah B. Pomeroy-, como de la postura personal de la autora, que la lleva a plantear aquí no solamente un estudio de la literatura femenina en Roma, sino también el de la propia mujer dentro de la literatura latina masculina. En este sentido, hace especial hincapié a lo largo de su obra, en su deseo de devolver las palabras a las mujeres -no siempre escritoras de oficio- que considera han sido relegadas al olvido por una concepción masculina de la sociedad, la literatura y la Historia.

Enmarcado dentro de esta línea de trabajo, la elección del título No sólo hilaron lana: Escritoras romanas en prosa y verso no es fruto del azar, sino que pretende recoger dos aspectos sumamente importantes en la consideración de la mujer. Desea descartar el ideal de la mujer perfecta que construyeron los romanos, que se resume en el prototipo univira, domiseda, lanifica, es decir esposa de un solo hombre, mujer de su casa, e hiladora -destacar el artículo El arquetipo de esposa romana según la literatura latina-; prototipo simbolizado por la rueca y el huso, y personificado en la mítica Lucrecia -os recomendamos el artículo publicado en este blog El mito de Lucrecia-. El cálamo, por el contrario, es un símbolo masculino, instrumento por excelencia de escritura. La autora resalta en su título, por tanto, que no sólo no todas las mujeres cumplieron el prototipo, sino que algunas entraron en un mundo de hombres como era la escritura.

Ahora bien, el termino “escritoras” usado por la autora puede inducir a autor, ya que en la mayoría de los casos ni fueron escritoras de oficio, ni se ha conservado su producción literaria, ni lo conservado puede ser analizado como representativo del resto de la obra perdida, y mucho menos es de naturaleza reivindicativa de su sexo. Todas “estas” escritoras pertenecían a la clase alta, habían recibido una educación esmerada, y su nombre, o bien también parte de su obra, se conservan por haber estado su producción ligada a hombres importantes o por responder al ideal de mujer antes mencionado. Son los casos de:

            *Hortensia, cuyo discurso se ha conservado en Apiano. Aduce razones solo aplicables a su sexo y su linaje ilustre para justificar el no pagar el tributo exigido por los triunviros -en este blog la dedicamos el artículo El valiente discurso de Hortensia-
            *Sulpicia, sobrina de Mesala, cuya obra poética se confundió con la producción de Tíbulo -en este blog la dedicamos el artículo Sulpicia, la poetisa olvidada-
            *Aconia Fabia Paulina, cuyo poema, conservado en un pedestal de piedra, es un encendido elogio al marido muerto, Vetio Pretextato.

Sin embargo, estas tres mujeres son excepciones. En la mayoría de los casos sólo encontramos referencias breves a la producción literaria de las mujeres en obras masculinas, y siempre por estar ligado su nombre al de grandes hombres. Es el caso de la obra epistolar de Cornelia, madre de los Graco, de Terencia, mujer de Cicerón, o de Octavia Minor, Livia y Julia, hermana, esposa e hija de Augusto. Es también el caso de las memorias de Agripina, esposa de Claudio y madre de Nerón, o la poesía de Perila, hijastra de Ovidio. La autora recoge en las páginas de su libro estas y otras menciones, y analiza, en el caso de conservarse, la producción literaria de éstas mujeres, tanto la composición como el contenido, si bien sin establecer nunca comparaciones o similitudes con la producción masculina coetánea

lunes, 25 de abril de 2016

La dulce Actea

Sentado en la oscuridad, sin más compañía que su alma y la soledad, los pensamientos del princeps Nerón corrían, saltaban, se detenían y danzaban, siempre inconexos, en ocasiones enfrentados, poco después reconciliados, a veces tristes, a veces contentos, siempre desfigurados. Con cada una de las notas arrancadas de la lira con las mismas suaves caricias que dedicaría a la mujer más amada, mil y una notas bullían en sus venas en una espiral frenética y el mundo al completo se derrumbaba hasta quedar reducido a pura música. Un vibrante rayo de luna, travieso, inquieto, atravesaba la oscuridad para iluminar sus labios trémulos, tarareando entre dientes versos inconexos de cortas poesías recién nacidas, aún sin ser escritas, cuyos desdibujados personajes ante sus ojos cobraban inusitada vida.

De improviso, Nerón escuchó un sonido, como un suspiro. Asustado y avergonzado, se detuvo.

          -¿Quién es?-preguntó el César-¡Muéstrate!-ordenó.

Una muchacha obedeció servicial, avanzando temblorosa desde las sombras hasta alcanzar la luz de la luna. Era menuda, de escasa estatura, bastante huesuda y sin apenas curvas, pero había algo bello en sus rasgados y profundos ojos negros, en la palidez marmórea de su piel tersa, o en la carnosidad de sus labios color fresa. No era esa la primera vez que la veía: muchas veces la había contemplado, de pie al lado de Octavia, esperando una orden suya sin emitir sonido alguno ni moverse.

          -¿Qué haces aquí? ¿Te ha mandado tu ama?

La esclava asintió con la cabeza, tímidamente, sin levantar la vista del suelo. Sin embargo, gracias a aquel movimiento, el emperador pudo ver dos lágrimas gruesas rodar por su rostro hasta fallecer en su boca. Dos lágrimas que la luna convertía en cristal y en plata contra las mejillas encendidas de la muchacha y el vello erizado de su rostro. Nerón no había visto jamás algo tan hermoso.

          -Lo lamento, princeps-se disculpó azorada-. No quería interrumpirte. Mi ama Claudia Octavia pregunta si esta noche acudirás a su lado.

          -¿Por qué lloras, esclava?

El suave rubor se intensificó. Nerón quería sentir en sus dedos el calor de aquellas mejillas.

          -La música...-confesó en un susurro emocionado-. La música era demasiado hermosa.

Emocionado por el imprevisto halago, el corazón de Nerón se desbocó raudo, para detenerse rápido, aún molesto por la interrupción, todavía cohibido ante un público repentino. Su primer público: esas melodías, que surgían de lo más profundo de su espíritu, nunca se había atrevido a mostrarlas por el miedo a la mofa, al rechazo y a convertir en realidad un sueño solo para verlo morir impotente entre las manos. Ahora, que por un error se había dado el primer paso, se sentía ávido de compartirlas, de cosechar opiniones, recoger aplausos, sentir el cariño del público al gritar su nombre en el teatro.

          -¿Quieres escuchar más?-la interrogó nervioso y esperanzado.

          -Si ese es tu deseo, César…

La esclava se sentó a sus pies, siempre cabizbaja, las delicadas manos entrecruzadas en el regazo. A pesar de no pronunciar una palabra, su cuerpo era para Nerón un nuevo instrumento, sorprendente y conmovedor, dónde podía medir con total precisión la reacción a cada nota arrancada de las cuerdas de la lira. Un leve temblor era para la emoción. Un ligero sollozo para la tristeza. Una media sonrisa para la alegría. La boca entreabierta, con una mano apoyada contra los carnosos labios, era sin duda para la sorpresa. La tensión en la delicada espalda para el terror. Un suspiro para el amor.

Se acercaba el alba cuando la música cesó. Había concluido el enloquecido sueño de la poesía, en el que nada existía salvo esos versos y ellos dos, y ahora ambos debían retornar a sus respectivas vidas Ella se levantó sumida aún en su silencio, y, con un respetuoso asentimiento de cabeza, se dispuso a partir: en su mente las melodías habían dejado ya paso sin sobresaltos a la larga lista de tareas de la esclava. Él, en cambio, no se sentía capaz de dejarla marchar. Quería verla otra vez vibrar.

          -¿Cuál es tu nombre?

La muchacha se volvió extrañada: este no era un dato que por lo general preocupara a los amos. Por vez primera le miró a los ojos: una leve chispa brillaba en sus pupilas oscuras como estrella perdida en una noche sin luna, prendiendo en la mirada de Nerón un fuego que ni él mismo comprendió.

          -Actea-fue su respuesta, otro susurro. De nuevo bajó la cabeza, turbada.

          -¿Volverás mañana?

¿Creyó entrever una pequeña sonrisa ahogada?

          -Siempre que me llames, César, estaré a tu lado.

****
Fotografías: Dos detalles de "Safo y Alceus", de Lawrence Alma-Tadema

****


jueves, 14 de abril de 2016

El extraño epitafio de Luceia Optata


Hallado en el año 1929 en la necrópolis paleocristiana de la antigua colonia romana de Tarraco, el epitafio dedicado a Luceia Optata (CIL II3/14, 1682; RIT 668; CLEHisp 120) es una placa de caliza gris de 25,3 x 25,3 x 3 cm con numerosos daños y actualmente bastante borrosa. Sabemos muy poco de su vida, salvo que contrajo matrimonio con Terentius Nicomedes de quién era también liberta; la inscripción ni siquiera específica su edad, al contrario que la práctica habitual, y no menciona a más familia. Sin embargo, por lo que destaca el epitafio en recuerdo de Luceia Optata son los versos finales, al parecer compuestos por el propio Terentius Nicomedes, en que se establece un diálogo ficticio entre la fallecida y su supuestamente afligido marido.






D(is) M(anibus)
Terentius Nicomedes
Luceiae Optatae sive 
libertae sive uxori
Ego quomodo potui, fe-
ci. Nunc filium meum
times. Tota faras habi-
tasti. Multi de tuo gra-
tulati sunt. Prandius.
Alienus mi toto tempore.
Summus. Levis. B(ene) M(erenti) f(ecit)




El diálogo que mencionábamos se localiza entre las líneas 5 y 11 de la inscripción, si bien su sentido no está nada claro, principalmente porque algunas palabras están mal escritas, como, por ejemplo, faras en la línea 7 o prandius en la línea 9. Según Geza Alföldy, que estudió la inscripción en 1975, el diálogo podría recomponerse de la siguiente manera:

          Nicomedes: Ego quomodo potui, feci / Indicaría la preocupación de Nicomedes por lograr para su esposa y liberta Optata un funeral y monumento adecuados.
          Optata: Nunc filium meum times / "Ahora tengo miedo de mi hijo"
          Nicomedes: Tota foras(faras) habitasti / Nicomedes se ocupará de él, pero Optata tiene miedo de que le eche de la casa, lo que podría significar que el hijo no es de Nicomedes.
          Optata: Multi de tuo gratulati sunt / Optata se niega a creerle, a pesar de que Nicomedes ha hecho felices a muchos
          Nicomedes: Alienus mi toto tempore / Optata no está equivocada. Nicomedes siempre pensó en el hijo como un completo extraño.
          Optata: Summus / Sin embargo, el hijo es un hombre excelente.
          Nicomedes: Levis / Para Nicomedes eso es indiferente.

El diálogo así reconstruido por Alföldy indicaría que, aunque la relación de Nicomedes y Optata fue buena en vida -de ahí la preocupación del marido por lograr para su esposa un entierro y sepultura correctos-, no sucede lo mismo entre Nicomedes y el hijo de la difunta. El rechazo de Terentius, por lo tanto, iría dirigido hacia el hijo, no hacia la madre. Sin embargo, en "El epitafio dialogado RIT 668: nueva lectura e interpretación", publicado en Ager Tarraconensis, vol. 5, en 2010, Jaime Siles y Ricardo Hernández proponen una lectura completamente distinta

          Optata: Ego quomodo potui feci, nunc filium meum times / "Yo lo he hecho como he podido y ahora tú recelas de mi hijo".
          Nicomedes: Tota foras habitasti, multi de tuo gratulati sunt / "Te has pasado la vida fuera de casa, muchos se lo pasaron bien a tu costa"
          Optata: Alienus mi toto tempore, summus levis / "Comí a expensas de los demás en todo momento. Soy una rata caprichosa"

Así traducido, el epitafio a Luceia Optata no es un epitafio al uso. Se trata en verdad de una invectiva dura y algo cruel contra la difunta y transgrede el tono general de alabanza y nostalgia presente en toda inscripción funeraria. La difunta es acusada de haber desatendido la casa, de haber practicado el adulterio reiteradamente, hasta el punto de tener un hijo que, según Nicomedes, no es suyo, y en fin, de ser un parásito que se ha aprovechado de todo el mundo siempre que ha podido. Optata es, de esta forma, caracterizada como la antítesis de la matrona tradicional romana.


jueves, 17 de marzo de 2016

La reina Teuta de Iliria, la piratería como arma contra Roma


Publicado previamente en Tempora Magazine

Tras la derrota de Cartago en la Primera Guerra Púnica, en el año 241 a.C., la República romana se lanzó al dominio naval del Mediterráneo. No obstante, su control de los mares distaba mucho de ser absoluto. Al este de Italia, el reino de los ilirios, gobernado por la tribu de los ardiaei, comenzaba a amenazar las rutas comerciales romanas sobre la totalidad del mar Adriático. Al frente de este reino se encontraba, desde 250 a.C., Agrón, rey de los ardiaei. Bajo su liderazgo, Iliria amplió su dominio terrestre a costa de sus vecinos, sobre todo del reino de Épiro, al sur, así como mediante la conquista y el saqueo de ciudades costeras estratégicas como Faros, Apolonia o bien Epidamno. Sus dominios llegarían a abarcar de esta forma el territorio de la actual Albania y parte de los estados modernos de Croacia, Bosnia y Montenegro. Dado que el terreno del reino creado por Agrón era pobre y rocoso, su pueblo se dedicó de forma mayoritaria al sector naval, y, más concretamente, a la piratería, hasta conformar la flota más temida de todo el Adriático.
Sin embargo, en 231 a.C., en la cima de su gloria, Agrón moriría de forma imprevista tras conseguir una aplastante victoria sobre los Etolios. Según el historiador griego Polibio (II, 4, 6), nuestra fuente histórica principal, “el rey Agrón, cuando su flota regresó y escuchó de sus generales el relato de la batalla, se llenó de alegría en su mente por haber derrotado a los etolios, por aquel entonces el más orgulloso de los pueblos: se dio a la bebida, a diversas celebraciones, y apasionados excesos, por los cayó en una pleuritis que, en pocos días, le produjo la muerte”
Como el heredero de Agrón, Pinnes, hijo de su primera esposa Triteuta, era todavía un niño al morir su padre, el reino ilirio de los ardiaei pasó a ser gobernado por su segunda esposa, Teuta, en calidad de reina regente. Teuta continuaría la política expansionista de su esposo con igual e, incluso, mayor éxito, entendiendo sus territorios desde Dalmacia, al norte del Vjöse, hasta el sur, con Sködra como capital, si bien la armada iliria estableció su base de operaciones en Shkodër, en la costa de Sarandë.
No obstante, sus acciones, al contrario que con el rey Agrón, fueron descritas de forma negativa por Polibio, debido no tanto a su sexo, como a la falta de objetividad del historiador griego, favorable al expansionismo romano, con el que Teuta, y no Agrón, entró en conflicto. Según Polibio II, 4, 7-8: la reina “confió la dirección del gobierno, al menos en buena parte, a sus amigos”, poseía la “cortedad natural de miras de una mujer”, y añadió que “con cálculo muy propio de mujeres, no veía otra cosa que no fueran sus éxitos más recientes, así que no podía darse cuenta de lo que estaba ocurriendo a su alrededor, ni tuvo en cuenta para nada los intereses extranjeros”
Polibio, II, 4, 9, también menciona que Teuta apoyó la práctica iliria de la piratería, saqueando a sus vecinos sin criterio y ordenando a sus generales a tratar a toda ciudad conquistada o barco capturado como enemigos. Sus operaciones se extendieron rápidamente hacia el sur, entre el Mar Jónico y las costas occidentales italianas, hasta otorgar a la armada iliria el práctico control del mar Adriático. Al parecer, las ciudades del sur de Italia y Sicilia, por su riqueza, fueron sus principales puntos de mira, si bien el hito más destacado de su reinado fue la conquista y saqueo de Fenice, la capital de Caonia y considerada, hasta ese momento, la ciudad más fuerte e inaccesible de Epiro. El evento infundiría “un terror y un pánico no pequeños a los habitantes de las costas griegas” (Polibio, II, 6, 7), que los propios epirotas, tras pagar un fuerte rescate por recuperar Fenice y tras acceder a que gran parte de sus habitantes fueran vendidos como esclavos por los ilirios, llegarían a enviar varias embajadas a la reina para establecer una alianza de colaboración con ella, en la que prometían ayudarla y socorrerla en todas las ocasiones que ella exigiera. Otros eventos destacables de su regencia serían los ataques y posterior conquista de Elea, Isa y Mesina, la expulsión de los comerciantes griegos de la costa de Iliria y el ataque constante a los navíos romanos que cruzaban el Adriático.
Serían estas incursiones piratas las que acabarían obligando a los romanos a declararle la guerra a la reina Teuta. En un principio, el Senado romano obviaría las quejas contra los navíos de Iliria que los comerciantes que navegaban por el Adriático le iban presentando. Sin embargo, como el número de quejas tan solo aumentaba, y el asalto a los comerciantes italianos se convertía en algo endémico, el Senado se vio forzado a intervenir.
En un primer momento se intentó hacer uso de una vía diplomática, enviando como emisarios a dos hermanos, Cayo y Lucio Coruncanio. Llegados a Sködra, en la actual Albania, y de acuerdo con las instrucciones recibidas, exigieron a la reina compensaciones por las perdidas, y el cese inmediato de las expediciones. Teuta, “les escuchó de modo desdeñoso y altanero” (Polibio, II, 8, 7); en respuesta les indicó que “de nación a nación procuraría que los romanos no les sucediera nada injusto de parte de los ilirios, pero que, en lo que se refería a los ciudadanos particulares, no era legal que sus reyes impidieran a los ilirios sacar provecho del mar”, es decir, según las leyes ilirias, la piratería era una actividad legal en su país y que, por lo tanto, no podía interferir en su práctica y, mucho menos aún, impedirla. La respuesta de Lucio sería a un mismo tiempo jactanciosa e imprudente: “Los romanos, oh Teuta, tienen la bella costumbre de castigar de forma pública los crímenes privados y de socorrer a víctimas de injusticia. De manera que, si un dios lo quiere, intentaremos rápida e inexorablemente obligarte a enderezar las normas relaes respecto a los ilirios” (Polibio, II, 8, 10)
Como es lógico, la amenaza no gustó a la regente iliria. Según Polibio, ordenó dar muerte a Lucio y embarcar de inmediato al otro emisario con el cadáver de su hermano de regreso a Roma. Casio Dio por su parte menciona que, en efecto, un emisario fue asesinado, pero el otro, lejos de regresar, sería encarcelado. Roma, que muy posiblemente buscaba desde hacia tiempo una excusa para declarar la guerra a Iliria, aprovechó el incidente para iniciar la llamada Primera Guerra Ilírica en año 229 a.C., declarando que Teuta había violado la inmunidad diplomática, y no se había mostrado razonable en las negociaciones.
Mientras Teuta continuaba sus ataques sobre Grecia, en concreto sobre Corcira, Epidamno y Paxos, una flota de 200 barcos romanos se preparaba para la invasión de Iliria, apoyada por un ejército de tierra. La dirección de la ofensiva fue confiada por el Senado romano a los cónsules de aquel año, es decir, a Lucio Postumio Albino, a quién se entregó el mando de las fuerzas terrestres, y Cneo Fulvio Centumalo, quién recibió la dirección de la flota. El primer objetivo de la flota romano fue Corcira, gobernada por Demetrio, quién era, además, gobernador de Faros.
Tanto en el relato de Apiano como en el de Polibio, se afirma que Demetrio, “víctima de calumnias” y “quién recelaba de Teuta” (Polibio, II, 14, 4), no tardó en traicionar a los ilirios, rindiendo Faros y Corcira a los romanos. Sin embargo, según Casio Dio, fue la propia Teuta quién ordenó a Demetrio entregar Corcira a Roma a cambio de una tregua temporal. Sea como fuera, su deserción motivaría a otros muchos generales de Teuta a rendirse sin presentar batalla, cayendo con facilidad en las manos romanas las ciudades de Epidamno, Isa, Apolonia y diversos enclaves ilirios anónimos a lo largo de la costa; otras muchas urbes enviarían delegaciones a los cónsules aceptando de forma voluntaria su protectorado. En muchos de esos casos, se nos menciona que ante el avance de las legiones romanas los ilirios levantaban de inmediato el sitio o la ocupación y huían, lo que invita a pensar que, a pesar de contar con una formidable flota, no poseían, por el contrario, un ejército terrestre igual de eficaz. Teuta se vio obligada a huir hacia Rizon, actual Risano, en la bahía de Cattano.
La victoria había sido tan aplastante, que el cónsul Fulvio pudo regresar a Roma con la mayor parte de las fuerzas marítimas y de tierra, dejando a Postumio con solamente cuarenta naves y una legión, reclutada entre las ciudades sometidas. La reina, con las fuerzas bastante mermadas, y golpeada por la deslealtad de sus generales, se vio obligada a rendirse en 227 a.C. Según Polibio (II,12,3) la reina Teuta “consistió en pagar cualquier tributo que la impusieran, ceder Iliria entera a excepción de muy pocos enclaves y, en lo que concernía a los griegos, se comprometió a no navegar más allá de Lissus -actual Alessio, en la desembocadura del río Drin- con más de dos naves desarmadas”.
Solo una pequeña porción del antiguo reino ilirio de Agrón-en torno a la ciudad de Sködra-quedó en manos de su hijo Pinnes, si bien en calidad de protectorado romano, y bajo la regencia de Demetrio-quién recibía así el trono de Iliria en pago a su traición- mientras la mayor parte del mismo pasaba a convertirse en otro territorio de la República. Demetrio sin embargo no tardó en iniciar hostilidades contra Roma, y, tras nueve años de paz, dio inicio a la denominada Segunda Guerra Ilírica, en la que fue derrotado por Lucio Emilio Paulo. En cuanto a Teuta se desconoce su destino; las informaciones son bastante contradictorias: un retiro de algunas décadas, el matrimonio con el propio Demetrio, y el suicidio, desde una roca en Risan, en la bahía de Koto -la actual Montenegro-, son los finales que se le atribuyen a esta reina.

*********
Fotografías:
Fotografía 1: Retrato idealizado de la reina Teuta de Iliria en la fachada principal del Banco Nacional de Albania
Fotografía 2: Vista de Skodra hacia el NE junto al lago homónimo, lugar de operaciones de la flota iliria y capital del reino bajo la regencia de Teuta
Fotografía 3: Bahía de Kotor, en Risan (Montenegro), lugar del supuesto suicidio de la reina Teuta
*********
Bibliografía:
Ćurčija Prodanović, N. y Ristić, D.: Teuta, Queen of Illyria, 1973
Evans, A.: Ancient Illyria: An Archaeological Exploration, 2006
Wilkes, J.J: The Illyrians, 1992, 151-162
Polibio, Historias, II, 4-12